Tal es el guía á quien para la educación del genio se ha confiado don Avito.
Han anunciado á don Fulgencio que Carrascal le busca, sale el filósofo en chancletas, echa á don Avito una mano sobre el hombro y exclama:
—¡Paz y ciencia! amigo Avito... cuanto bueno por aquí...
—Usted siempre tan magnánimo, don Fulgencio... Vengo algo sudoroso; está tan lejos esta casa... Se pierde mucho tiempo en recorrer espacio...
—Casi tanto como el espacio que se pierde en pasar el tiempo... ¿Y qué tal va el papel?
Don Avito queda confundido ante esta profundidad de hombre, y como al entrar en el despacho, le salta á la vista lo de que «el fin del hombre es la ciencia», vuélvese al maestro y se decide á preguntarle:
—¿Y el fin de la ciencia?
—¡Catalogar el Universo!