—¿Para qué?

—Para devolvérselo á Dios en orden, con un inventario razonado de lo existente...

—A Dios... á Dios...—murmura Carrascal.

—¡A Dios, sí, á Dios!—repite don Fulgencio con enigmática sonrisa.

—¿Pero es que ahora cree usted en Dios?—pregunta con alarma el otro.

—Mientras Él crea en mí...—y levantando episcopalmente la mano derecha, añade:—dispense un poco, Avito.

Frunce los labios y baja los ojos, síntomas claros del parto de un aforismo, y tomando una cuartilla de papel escribe algo, tal vez un trozo del padrenuestro, ó unos garrapatos sin sentido. Entre tanto la voz interior le dice á Carrascal: «caíste... has vuelto á caer, caes y caerás cien veces... éste es un mixtificador, este hombre se ríe por dentro, se ríe de ti...» y Avito, escandalizado de tan inaudita insolencia, le dice á su demonio familiar: «¡cállate, insolente! ¡cállate! ¡tú que sabes, estúpido!»

—Puede usted seguir, Avito.

—¿Seguir? ¡Pero si no he empezado...!

—Nunca se empieza, todo es seguimiento.