Confuso Carrascal ante tamaña profundidad de hombre, le explana de cabo á rabo la historia toda de su matrimonio y lo que respecto á su hijo proyecta. Le oye don Fulgencio silencioso, interrumpiéndole por dos veces con el gesto episcopal para asentar algún aforismo ó escribir cualquier cosa ó ni cosa alguna. Al concluir su exposición quédase Carrascal bebiéndose con la mirada el rostro del maestro, sintiendo que á su espalda tiene al Simia sapiens y delante, sobre la augusta cabeza del filósofo, lo de «si no hubiera hombres habría que inventarlos.» Mantiénese don Fulgencio cabizbajo unos segundos, é irguiendo su vista, dice:

—Importante papel atribuye usted á su hijo en la tragicomedia humana; ¿será el que el Supremo Director de escena le designe?

Responde Carrascal con un pestañeo.

—Esto es una tragicomedia, amigo Avito. Representamos cada uno nuestro papel; nos tiran de los hilos cuando creemos obrar, no siendo este obrar más que un accionar; recitamos el papel aprendido allá, en las tinieblas de la inconciencia, en nuestra tenebrosa preexistencia, el Apuntador nos guía; el gran tramoyista maquina todo esto...

—¿La preexistencia?—insinúa Carrascal.

—Sí, de eso hablaremos otro día; así como nuestro morir es un des-nacer, nuestro nacer es un des-morir... Aquí de la permutación. Y en este teatro lo tremendo es el héroe...

—¿El héroe?

—El héroe, sí, el que toma en serio su papel y se posesiona de él y no piensa en la galería, ni se le da un pitoche del público, sino que representa al vivo, al verdadero vivo, y en la escena del desafío mata de verdad al que hace de adversario suyo... matar de verdad es matar para siempre... aterrando á la galería, y en la escena de amor ¡figúrese usted! no quiero decirle nada...

Interrúmpese para escribir un aforismo y prosigue: