—Hay coristas, comparsa, primeras y segundas partes, racioneros... Yo, Fulgencio Entrambosmares, tengo conciencia del papel de filósofo que el Autor me repartió, de filósofo extravagante á los ojos de los demás cómicos, y procuro desempeñarlo bien. Hay quien cree que repetimos luego la comedia en otro escenario, ó que, cómicos de la legua viajantes por los mundos estelares, representamos la misma luego en otros planetas; hay también quien opina, y es mi opinión, que desde aquí nos vamos á dormir á casa. Y hay, fíjese bien en esto, Avito, hay quien alguna vez mete su morcilla en la comedia.
Cállase un momento; mientras Carrascal se recrea en interpretarle el pensamiento, irrádianle los fulgurantes ojos y mirando al enchisterado Homo insipiens, prosigue:
—La morcilla, ¡oh, la morcilla! ¡Por la morcilla sobreviviremos los que sobrevivamos! No hay en la vida toda de cada hombre más que un momento, un solo momento de libertad, de verdadera libertad, sólo una vez en la vida se es libre de veras, y de ese momento, de ese momento ¡ay! que si va no vuelve, como todos los demás momentos y que como todos ellos se va, de ese nuestro momento metadramático, de esa hora misteriosa depende nuestro destino todo. Y ante todo, ¿sabe usted, Avito, lo que es la morcilla?
—No—contesta Carrascal pensando en su matrimonio, en la hora aquella misteriosa de su visita á Leoncia, cuando se encontró con Marina, en aquel momento metadramático en que los tersos ojazos de la hoy su mujer le decían cuanto no se sabe ni se sabrá jamás, en aquel momento de libertad... ¿de libertad? ¿de libertad ó de amor? ¿el amor, da ó quita libertad? ¿la libertad, da ó quita amor? Y la voz interior le dice: «caíste y volverás á caer.»
—Pues morcilla se llama, amigo Carrascal, á lo que meten los actores por su cuenta en sus recitados, á lo que añaden á la obra del autor dramático. ¡La morcilla! Hay que espiar su hora, prepararla, vigilarla y cuando llega meterla, meter nuestra morcilla, más ó menos larga, en el recitado y siga luego la función. Por esa morcilla sobreviviremos, morcilla ¡ay! que también nos la sopla al oído el gran Apuntador.
Interrúmpese don Fulgencio para escribir este aforismo: «hasta las morcillas son del papel», y continúa:
—Prepararle para su morcilla ha de ser la labor pedagógica de usted. Lombroso...
Al oir este nombre vuelve Avito hacia atrás la vista, mas al encontrarse con la mirada de los huecos ojos del esquelético Simia sapiens, torna á atender.
—Lombroso, ese filósofo del sentido común, dirá del genio lo que quiera, pero genio es aquel cuya morcilla se ve obligado á aceptar el Supremo Dramaturgo. Es, pues, menester obligar al Autor Supremo á que meta en el papel nuestras morcillas, ya que del papel mismo surgen. O hablando exotéricamente, genio es el que corrige la plana al Supremo Autor, y como este Autor sólo en nosotros, por nosotros y para nosotros los cómicos es, vive y se mueve, genio es el Autor mismo encarnado en comediante y corrigiéndose á sí mismo la comedia por boca de éste...
Carrascal medita; las palabras de don Fulgencio le han invadido á borbotones el alma, como aguas de inundación que entran en honda sima, formando remolino en su conciencia.