—Es decir que...—dice como quien despierta de un sueño.
—¡A preparar, á espiar su momento metadramático!—añade don Fulgencio.
Esto es demasiado para Avito; excede de su ciencia. Es una tan sublime filosofía que sólo en parábolas puede encarnar.
—Se lo traeré á usted, don Fulgencio...
—No, no, de ninguna manera—exclama vivamente el filósofo, que no tiene hijos;—no, yo no debo verle ni debe él verme hasta que llegue la hora. Es conveniente que haya una mano, aunque humana, oculta é invisible, en su sendero; nos entenderemos nosotros dos, y cuando le juzgue en sazón vendrá á oir mis revelaciones para disponerse así al momento de la libertad...
—¿Y si le llega éste antes?
—No, ese momento sé bien hacia qué edad llega.
Siguen algún tiempo más planeando la educación del niño, cuyo principio consiste en que lo vea todo, lo experimente todo, de todo se sature y pase por todo ambiente. «Intégrese, intégrese en busca de su morcilla», repite el filósofo. Pero todo debidamente explicado, con su glosa y comentario científico. La Naturaleza—la naturaleza con letra mayúscula, se entiende—es un gran libro abierto al que ha de poner el hombre notas marginales é ilustraciones, señalando á la vez con lápiz rojo los más notables pasajes. «Lápiz rojo, mucho lápiz rojo, y como todo es en realidad notable, lo mejor sería dar de rojo al libro todo», dice don Fulgencio, que publica en cursiva todo.
Quedan, además, en que apuntará don Avito todo lo digno de mención que haga ó diga el futuro genio, para estudiarlo luego los dos y proveer en vista de ello.
Retírase ahora Carrascal y se encuentra con doña Edelmira en el pasillo. Mujer alta, serena, estatuaria, entrada en años ya, sonrosada, de rostro plácido; gasta peluca. Se saludan ceremoniosamente, y Carrascal sale.