—Sí, una mentira... provisional.
—Aunque sea provisional... ¡una mentira!
—¿Pero aun está usted en eso, Carrascal? ¿Hay acaso mayor mentira que la verdad? ¿No nos está engañando? ¿No está engañando la verdad nuestras más genuinas aspiraciones?
«Pero este hombre... pero este hombre...», se dice Carrascal en la calle, confundido. La imperfecta realidad es un muro de bronce contra sus planes; no tiene voluntad. «Pero este hombre...» mas al recordar lo de: «¿Aun está usted en eso, Carrascal?» reacciona y se dice: «sí, ¡tiene razón!»
«¿Y si da á su madre? ¿Puede la pedagogía trasformar la materia prima? ¡No hice acaso un disparate al ceder al... al... al...—se le atraganta en el gaznate mental el concepto—al... confiésatelo, Avito, al amor!» Y una vez aceptado el concepto, acallando la voz del demonio familiar que le murmura: «¿lo ves? caíste, caíste y caerás cien veces», prosigue pensando: «¡El amor! el pecado original, la mancha originaria de mi hijo, ¡oh, qué simbolismo más hondo encierra eso del pecado original! No me va á resultar genio; he fiado con exceso en la pedagogía, he desdeñado la herencia y la herencia se venga... La pedagogía es la adaptación, el amor la herencia, y siempre lucharán adaptación y herencia, progreso y tradición... mas ¿no hay tradición de progreso y progreso de tradición, como dice don Fulgencio? ¿no hay pedagogía de amor, pedagogía amorosa y amor de pedagogía, amor pedagógico á la vez que pedagogía pedagógica y amor amoroso? ¡Lo que se pega en el contacto con este hombre! ¡es mucho hombre! Tengo que vencer en mi hijo toda la inercia que de su madre ha heredado; sé claro, Avito, toda la irremediable vulgaridad de tu mujer... El Arte puede mucho, pero ha de ayudarle la Naturaleza... Tal vez como un torpe impulsivo he sacrificado mi hijo al amor en vez de sacrificar el amor á mi hijo... La Humanidad vivirá sumida en su triste estado actual mientras nos casemos por amor, porque el amor y la razón se excluyen... Padre y maestro no puede ser; nadie puede ser maestro de sus hijos, nadie puede ser padre de sus discípulos; los maestros deberían ser célibes, neutros más bien, y dedicar á padrear á los más aptos para ello; sí, sí, hombres cuyo solo oficio fuera hacer hijos que educarían otros, dar la primera materia educativa, la masa pedagogizable... Hay que especializar las funciones... ¡El amor... el amor...! Pero es, Avito, ¿que has amado alguna vez á Marina...? ¿La he amado? ¿Y qué es esto de amar?»
Al llegar á este punto de sus meditaciones, tropieza su vista con un niño que está meando en un hoyo que ha hecho.
«¿Qué significa esto? ¿por qué hace eso? Y si me hubiese casado con Leoncia, ¿cómo sería Apolodorín, mi Apolodoro? y si ese Medinilla que va á casarse con Leoncia se hubiera casado con Marina, ¿cómo sería Apolodorín, su Luis? Y...» Al llegar á este punto ocúrrele á la mente aquella paradoja de don Fulgencio, de qué habría sido de la historia del mundo si en vez de habernos descubierto Colón América hubiera descubierto á Europa un navegante azteca, guaraní ó quichúa.
«¿Qué será mi Apolodoro?» piensa al subir las escaleras de casa, y le sale el niño al paso exclamando:
—¡Papá, quiero ser general!