Y paseos á diario, pues es paseando como mejor le instruye. Detiénese de pronto don Avito, levanta una piedra del suelo y dice:
—Mira, Apolodoro—suelta la piedra,—¿por qué cae?
Y como el chico le mira silencioso, repite:
—¿Por qué cae y no sube cuando la suelto?
—Si fuera un globo...
—Pero no lo es... Vamos, ¿por qué cae?
—Porque pesa.
—¡Ahaha! ¡ya estamos en camino! porque pesa... ¿y por qué pesa?
El chico se encoge de hombros, mientras allá, en sus entrañas espirituales, su demoñuelo familiar—pues también le tiene—le dice: «este papá es tonto.»