Hoy pregunta Apolodoro:

—Papá, ¿para qué es este ladrillo en que dice «Ciencia» y la ruedecita de encima?

—¡Gracias á Dios, hijo, gracias á Dios!—y mientras al demonio familiar que le susurra: «¿á Dios? ¿á Dios, Avito? ¿á Dios? caíste, caíste y seguirás cayendo», le contesta en su interior: «¡cállate, tonto!», prosigue:—¡al fin te fijaste en ello! Hace tiempo que lo esperaba. Mira, Apolodoro, hay que dar algo á la imaginación, sí, hay que dar algo á la imaginación, creadora de las religiones; necesita su válvula de seguridad. Ese es el altar de la religión de la cultura.

—¿Altar?

—Sí. Mira, el ladrillo cocido fué, según Ihering, el principio de la civilización asiria, fué el principio de la civilización; supone el fuego, la invención que hizo al hombre hombre, y permitió la escritura, pues las más antiguas inscripciones se nos conservan en ladrillos cocidos. Los primeros libros eran de ladrillos...

—¿De ladrillos? ¡Oivá! y ¿cómo los llevaban?

—La casa era el libro; hoy es el libro nuestra casa. El ladrillo hizo posible la escritura; por eso lleva ese ladrillo escrita la palabra Ciencia.

—¿Y la ruedecita?

—¿La ruedecita? ¡Ah, la rueda! ¡la rueda, hijo mío, la rueda! La rueda es lo específico humano, la rueda es lo que de veras ha inventado el hombre, sin tomarlo de la naturaleza. En los organismos vivos verás palancas, resortes, pero no verás ruedas. De aquí que el medio más científico de locomoción es la bicicleta. Este es el altar de la cultura, ¿no sientes tu imaginación satisfecha?

De paseo llevan la brújula para orientarse, y algún día el sextante para tomar la altura del sol, y termómetro, barómetro, higrómetro, lente de aumento.