—¿Es que no hay genios poetas?

—Los había, hijo mío, los había, cuando las gentes apenas se fijaban más que en lo que se les decía en verso, pero el genio moderno no puede ser más que sociológico, y la poesía es un arte de transición, puramente provisional... Y tu concepción del universo, ¿cómo va?

—Poco á poco, padre.

Mas todo recato es inútil; don Avito sorprende al cabo libros, grabados, papeles, dibujos, y se queda perplejo. Y es Marina, la madre, la pobre Materia soñolienta, la que entre sueños dice un día:

—Eso es que el chico está enamorado.

—¿Enamorado? ¿mi hijo enamorado? ¡No digas disparates! No puede ser...—Y como la pobre madre sonríe triste y silenciosa, añade el padre:—¿Es que sabes algo?

—Yo, no.

—¿Entonces?

—¡Bien claro se ve! ¿qué otra cosa va á ser?

—¡Lo verás tú... en soñación! ¡Vaya un desatino! ¿Iba á atreverse á enamorarse á su edad? ¡si apenas es púber...!