Y la voz del demonio familiar: «caíste, y como tú caíste caerá él, y caerán todos y estaréis cayendo sin cesar.» Y da en cavilar y acaba por convencerse de que hay algo y resuelve reñir la más ruda batalla para salvar al genio. Y siente un momentáneo acceso de indignación contra Marina que se le ha adelantado en descubrir el secreto, que ha dado á luz un hijo capaz de enamorarse tan joven, que le enamoró á él mismo antaño. ¡El amor! ¡siempre el amor atravesándose en el sendero de las grandes empresas! ¡qué de tiempo no ha hecho perder á la humanidad ese dichoso amor! Es inevitable tal vez, ¡herencia materna! ¿no se enamoró acaso de él Marina? ¿no sigue después de todo, y bien consideradas las cosas, enamorada todavía?
Fáltale tiempo para ir á ver á don Fulgencio.
—¡Se ha enamorado!
Y cuando espera otra cosa oye la voz flemática del filósofo, que dice:
—¡Es natural!
—Natural sí, pero...
—¿Pero... qué?
—¡Que no es racional!
—La naturaleza supera á la razón.
—Pero la razón debe superar á la naturaleza.