—Sale la razón de la naturaleza.

—Pero debe la naturaleza entrar en razón.

—Es el Hado—replica secamente don Fulgencio, molestado por la contradicción que ahora le hace don Avito.

—¿Y contra el Hado?

—¡El Hado mismo!

—¡Se ha enamorado! ¡se ha enamorado! ¡se ha enamorado! No vamos á tener genio...

—¿Es que los genios no se enamoran?

—No, los genios no pueden enamorarse.

—Y además, quítesele de la cabeza lo de hacerle genio; harto haremos con que se nos quede en talento.