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Y se ha concretado al fin el amor de Apolodoro. Ha sido en casa de su maestro de dibujo, á donde acude, con otros mozos, á perfeccionarse.

El bueno de don Epifanio, gran artista fracasado según muchos, ha llegado á cobrar hondo cariño al mozo. Mientras le corrige el dibujo suele decirle:

—Hay que vivir, Apolo, hay que vivir y lo demás son lilailas.

No agradan mucho á don Avito las peculiares ideas ó según él no ideas, anideas, de don Epifanio, pero acaso estorben las ideas para enseñar dibujo. Y transige. ¡Lleva tanto transigido ya!

Alguna vez, al salir ó entrar en el estudio, al que se pasa por las habitaciones privadas del maestro, ha visto Apolodoro pasar, semi-flotante, sin hacer ruido, por la penumbra, una visión de doncella. Otra vez ha descubierto, por una puerta entreabierta, allá en el fondo, junto á un balcón cerrado, envuelta en la mansa luz que los visillos tamizaban, una figura encorvada sobre la blanca labor, algo como eternizado en cuadro de ingenua mano, cosa no de bulto, algo como la flor de aquel ámbito de doméstica penumbra, tranquila violeta de hogar. La luz ribeteaba con luminosa franja los contornos de su rostro, que cual emplomada pintura de vidriera se mostraba, su entreabierta boca parecía orar en silencio, mientras el inclinado seno se le alzaba y bajaba con lento ritmo. Apolodoro se enajenó en la visión.

Y ahora sale Clarita á abrirle la puerta, con una sonrisa desintencionada, con juguetones ojos, ¡qué ojos! ¡qué ojos tan persuasivos, tan sugestivos, tan educativos, tan pedagógicos! ¡viviente invitación á la vida, constante lección de sencillez y de amor! Balbuce Apolodoro sus buenos días y se ruboriza ella al oirle balbucir.

—¡Pase usted, Apolodoro, pase usted!