«¡Que pase! ¡oh, que pase! ¡Qué música de palabras! ¡qué talento de muchacha! ¡qué evolutiva! ¡qué selectiva! ¡qué subconciente! ¡qué inmanente! ¡qué trascendente! ¡qué integral! ¡qué cíclica! ¡Que pase, oh, que pase! En estas palabras se resume todo. ¡Ciencia pura! ¿Ciencia? Algo más, sobre-ciencia. ¡Algo más aún! ¿Algo más?» Y entra Apolodoro tropezando, y al tropezar le roza la mejilla un rizo de la muchacha, pámpano de aquella vid de hogar, y siente luego el mozo comezón allí, y más tarde, á solas, bajo el latido del corazón, se lleva los dedos al punto del roce y los besa y hasta se los lame.
Pero ¿de dónde le sale está súbita resolución, tan poco pedagógica aunque tan genial? Se le altera la sangre; muda de piel espiritual y brota en él un nuevo hombre, el hombre. Emprende ahora su corazón un galope, y este galope le echa á la cabeza un ataque de amor. Sí, son ataques, estallidos de amor, de amor lancinante, accesos que le sobrecogen en cualquier parte, con la amorosa imagen chorreando vida. Sí, «hay que vivir, hay que vivir y lo demás son lilailas», lo dice el padre de la vida. Ya tiene Apolodoro con que hacer sus furtivas escapatorias al triste jardín del deleite. Se le abre el mundo.
—Es menester que te penetres bien de la importancia de la ley de la herencia—le dice don Avito.
—Sí, padre, la estoy estudiando.
—Pero á fondo.
—¡Qué mundo, Virgen Santísima, qué mundo!—suspira la Materia.
Y espía Apolodoro el momento, que ha estado á punto de lograr hace poco, pero habiéndosele desvanecido Clarita, con su sonrisa á que hace de amoroso ámbito el hogar. Porque este hogar ¿es una difusión de su sonrisa, ó es acaso ésta una concentración del hogar? Algo barrunta, sin duda, la doncella, pues sus ojos miran más hondo y sus labios se entreabren más al ver á Apolodoro.
¿Y don Epifanio? Algo debe de saber también, porque ¿no da otro tono á sus plácidas sentencias? ¡Qué sentencias! ¡Qué talento de hombre! ¡haber sabido hacer esta hija! Un talento inconciente, es decir, genial. ¿Cómo va á comparársele don Fulgencio? ¡Para aforismo y Ars magna y filosofía rítmica sobre-humana Clarita, Clarita! «¡Esas son teorías!» como dice con resignación el padre, don Epifanio.
¡Por fin! ¡qué trote el del corazón! No le deja oirse, no le da respiro, le ahoga. Y Clarita, también suspensa, anhelante, espera el parto del solemne silencio.
—Clarita... Clarita... haga el favor... lea esto—y deslizándole la carta, entra al estudio.