—Vamos, hombre—le dice ¿con sorna acaso? don Epifanio;—parece que vienes sofocado... No hay que correr, Apolo, no hay que correr; al paso se llega antes... Anda, acaba esa pierna y no le pongas tan duras las sombras.
Y hoy, trascurrido de esto un día, parece que la casa toda, el colgador del pasillo, los grabados, que todo se le esfuma en torno á ella; todo su cuerpo, su aire, su aliento, son una anhelosa pregunta.
—Bueno, ¿y qué me dice usted?
—¡Que... sí!
¡Oh, se siente genio!
—¡Gracias, Clarita, gracias!
—¿Gracias? ¡á usted!
—¿Usted?
—A...