Y luego, aparte, volvía a reprenderle por el trato de compasivo despego que daba a su mujer. La cual soportaba esta preñez aún peor que la otra.
—Me temo por la pobre muchacha—vaticinó don Juan, el médico, un viudo que menudeaba sus visitas.
—¿Cree usted que corre peligro?—le preguntó Gertrudis.
—Esta pobre chica está deshecha por dentro; es una tísica consumada y consumida. Resistirá, es lo más probable, hasta dar a luz, pues la Naturaleza, que es muy sabia...
—¡La Naturaleza no! La Santísima Virgen Madre, don Juan—le interrumpió Gertrudis.
—Como usted quiera; me rindo, como siempre, a su superior parecer. Pues, como decía, la Naturaleza o la Virgen, que para mí es lo mismo...
—No, la Virgen es la Gracia...
—Bueno, pues la Naturaleza, la Virgen, la Gracia o lo que sea, hace que en estos casos la madre se defienda y resista hasta que dé a luz al nuevo ser. Ese inocente pequeñuelo le sirve a la pobre madre futura como escudo contra la muerte.
—¿Y luego?