Le tomó la mano, reteniéndosela un rato, y dándole con la otra suya unos golpecitos añadió con un suspiro:
—Cada hombre es un mundo, Gertrudis.
—Y cada mujer, una luna, ¿no es eso, don Juan?
—Cada mujer puede ser un cielo.
«Este hombre me dedica un cortejeo platónico», se dijo Gertrudis.
Cuando en la casa temían por la pobre Manuela y todos los cuidados eran para ella, cayó de pronto en cama Ramiro, declarándosele desde luego una pulmonía. La pobre hospiciana quedóse como atontada.
—Déjame a mí, Manuela—le dijo Gertrudis—; tú cuídate y cuida a lo que llevas contigo. No te empeñes en atender a tu marido, que eso puede agravarte.
—Pero yo debo...
—Tú debes cuidar de lo tuyo.
—Y mi marido, ¿no es mío?