—No, ahora no; ahora es tuyo tu hijo que está por venir.

La enfermedad de Ramiro se agravaba.

—Temo complicaciones al corazón—sentenció don Juan—. Le tiene débil; claro, ¡los pesares y disgustos!

—¿Pero se morirá, don Juan?—preguntó henchida de angustia Gertrudis.

—Todo pudiera ser...

—Sálvele, don Juan, sálvele, como sea...

—Qué más quisiera yo...

—¡Ah, qué desgracia! ¡Qué desgracia!—y por primera vez se le vió a aquella mujer tener que sentarse y sufrir un desvanecimiento.

—Es, en efecto, terrible—dijo el médico en cuanto Gertrudis se repuso—dejar así cuatro hijos, ¿qué digo cuatro?, cinco se puede decir, ¡y esa pobre viuda tal como está!...

—Eso es lo de menos, don Juan; para todo eso me basto y me sobro yo. ¡Qué desgracia! ¡Qué desgracia!