—¿Y cómo sabes tú que lo piensan?

—¡Pues... porque lo sé! Y además, porque es verdad... porque yo no sirvo para nada, y después de que tú te me mueras yo nada tengo que hacer aquí... Si tú te murieras me moriría de frío...

—Vamos, vamos, arrópate bien y no digas esas cosas... Y voy a arreglarte esa medicina...

Y fué a ocultar sus lágrimas y a echarse a los pies de su imagen de la Virgen de la Soledad y a suplicarla: «¡Mi vida por la suya, Madre, mi vida por la suya! Siente que yo me voy, que me llaman mis muertos, y quiere irse conmigo; quiere arrimarse a mí, arropada por la tierra, allí abajo, donde no llega la luz, y que yo le preste no sé qué calor... ¡Mi vida por la suya, Madre, mi vida por la suya! Que no caiga tan pronto esa cortina de tierra de las tinieblas sobre esos ojos en que la luz no se quiebra, sobre esos ojos que dicen que son los míos, sobre esos ojos sin mancha que le di yo... sí, yo... Que no se muera... que no se muera... Sálvala, Madre, aunque tenga yo que irme sin ver al que ha de venir...»

Y se cumplió su ruego.

La pobre niña enferma fué recobrando vida; volvieron los colores de rosa a sus mejillas; volvió a mirar la luz del sol dando en el verdor de los árboles del jardincito de la casa, pero la tía Tula cayó con una broncopneumonía cojida durante la convalecencia de Manolita. Y entonces fué ésta la que sintió que brotaba en sus entrañas un manadero de salud, pues tenía que cuidar a la que le había dado vida.

Toda la casa vió con asombro la revelación de aquella niña.

—Di a Manolita—decía Gertrudis a Caridad—que no se afane tanto, que aún estará débil... Tú tampoco, por supuesto; tú te debes a los tuyos, ya lo sabes... Con Rosita y Elvira basta... Además, como todo ha de ser inútil... Porque yo ya he cumplido...

—Pero, madre...

—Nada, lo dicho, y que esa palomita de Dios no se malgaste...