—Como no la conociste...

—¡Sí, la conozco!

—Pero a la otra, digo, a la que te trajo al mundo.

—¡Sí, gracias a ti la conozco; a aquélla!

—¡Pobrecilla! Ella no había conocido a la suya...

—¡Su madre fuiste tú, lo sé bien!

—Bueno, pero no llores...

—¡Si no lloro!—y se enjugaba los ojos con el dorso de la mano izquierda mientras con la otra temblorosa, sostenía el vaso de la medicina.

—Bueno, y ahora trae a la muñeca, que quiero verla. ¡Ah! ¡Y allí en un rincón de aquella arquita mía que tú sabes... ahí está la llave... sí, ésa, ésa!... Allí donde nadie ha tocado más que yo, y tú alguna vez; allí, junto a aquellos retratos, ¿sabes?, hay otra muñeca... la mía... la que yo tenía siendo niña... mi primer cariño... ¿el primero?... ¡bueno! Tráemela también... Pero que no se entere ninguna de ésas, no digan que son tonterías nuestras, porque las tontas somos nosotras... Tráeme las dos muñecas, que me despida de ellas, y luego nos pondremos serias para despedirnos de los otros... Vete, que me viene un mal pensamiento—y se santiguó.

El mal pensamiento era que el susurro diabólico allá, en el fondo de las entrañas doloridas con el dolor de la partida, le decía: «¡muñecos todos!»