—Bien, bien, tiíta—exclamó Elvira abrazándola y dándole un beso—, no te enfades así... ¿Verdad que no te enfadas, tiíta...?
—No; y menos porque me llames tiíta...
—Si lo hacía sin intención...
—Lo sé; pero eso es lo peligroso. Porque la intención viene después...
Enrique le hizo una carantoña a su hermana completa y cojiendo a la otra, a la hermanastra, por debajo de un brazo, se la llevó consigo.
Y Manolita, viéndoles alejarse, quedó diciéndose: «¿Chiquillos? ¡En efecto, chiquillos! ¿Pero he hecho bien en decirles lo que les he dicho? ¿He hecho bien, Tía?»—e invocaba mentalmente a la Tía.—«La intención viene después... ¿No soy yo la que con mis reconvenciones voy a darles una intención que les falta? Pero, ¡no, no! ¡Que no jueguen así! ¡Porque están jugando...! ¡Y ojalá les salga pronto el novio a ella y la novia a él!»
XXV
El otro grupo lo formaban en la familia, no Rosita y Ramiro, sino la mujer de éste, Caridad, y aquella su cuñada. Aunque en rigor era Rosita la que buscaba a Caridad y le llevaba sus quejas, sus aprensiones, sus suspicacias. Porque iba, por lo común, a quejarse. Creíase, o al menos aparentaba creer, que era la desdeñada y la no comprendida. Poníase triste y como preocupada en espera de que le preguntasen qué era lo que tenía, y como nadie se lo preguntaba sufría con ello. Y menos que los otros hermanos se lo preguntaba Manolita, que se decía: «Si tiene algo de verdad y más que gana de mimo y de que nos ocupemos especialmente en ella, ya reventará!» Y la preocupada sufría con ello.