A su cuñada, a Caridad, le iba sobre todo con quejas de su marido; complacíase en acusar a éste, a Ramiro, de egoísta. Y la mujer le oía pacientemente y sin saber qué decirle.
—Yo no sé, Manuela—le decía a ésta Caridad, su cuñada—qué hacer con Rosa... Siempre me está viniendo con quejas de Ramiro: que si es un orgulloso, que si un egoísta, que si un distraído...
—¡Llévale la hebra y dile que sí!
—¿Pero cómo? ¿Voy a darle alas?
—No, sino a cortárselas.
—Pues no lo entiendo. Y además, eso no es verdad; ¡Ramiro no es así!...
—Lo sé, lo sé muy bien. Sé que Ramiro podrá tener, como todo hombre, sus defectos...
—Y como toda mujer.
—¡Claro, sí! Pero los de él son defectos de hombre...
—¡De zángano, vamos!