—Como quieras; los de Ramiro son defectos de hombre, o si quieres, pues que te empeñas, de zángano...
—¿Y los míos?
—¿Los tuyos, Caridad? Los tuyos... ¡de reina!
—¡Muy bien! ¡Ni la Tía...!
—Pero los defectos de Ramiro no son los que Rosa dice. Ni es orgulloso, ni es egoísta, ni es distraído...
—¿Y entonces por qué voy a llevarle la hebra como dices?
—Porque eso será llevarle la contraria. Lo sé muy bien. La conozco.
Cierta mañana, encontrándose las tres, Caridad, Manuela y Rosa, comenzó ésta el ataque.
R.—¡Vaya unas horas de llegar anoche tu maridito!
Nunca hablando con su cuñada le llamaba a Ramiro «mi hermano», sino siempre: «tu marido».