C.—¿Y qué mal hay en ello?

M.—Y tú, Rosa, estabas a esas horas despierta...

R.—Me despertó su llegada...

M.—¿Sí, eh?

C.—Pues a mí apenas si me despertó...

R.—¡Vaya una calma!

M.—Aquí Caridad duerme confiada y hace bien.

R.—¿Hace bien...? ¿Hace bien...? No lo comprendo.

M.—Pues yo sí. Pero tú parece que te complaces en eso, que es un juego muy peligroso y muy feo...