M.—Sea. Y te digo que serías capaz de aceptar el peor novio que se te presente y casarte con él no más que para provocarle a que te diese celos, no a dárselos tú...
R.—¿Casarme yo? ¿Yo casarme? ¿Yo novio? ¡Las ganas...!
M.—Sí, ya sé que dices, aunque no sé si lo piensas, que no te has de casar, que tú no quieres novio... Ya sé que andas en si te vas o no a meter monja...
C.—¿Y cómo lo has sabido, Manuela?
M.—Ah, ¿pero vosotras creéis que no me percato de vuestros secretos? Precisamente por ser secretos...
R.—Bueno, y si pensara yo en meterme monja, ¿qué? ¿Qué mal hay en ello? ¿Qué mal hay en servir a Dios?
M.—En servir a Dios, no, no hay mal ninguno... Pero es que si tú entrases monja no sería por servir a Dios...
R.—¿No? ¿Pues por qué?
M.—Por no servir a los hombres... ni a las mujeres...