C.—Pero por Dios, Manuela, qué cosas tienes...
R.—Sí, ella tiene sus cosas y yo las mías... ¿Y quién te ha dicho, hermana, que desde el convento no se puede servir a los hombres...?
M.—Sin duda, rezando por ellos...
R.—¡Pues claro está! Pidiendo a Dios que les libre de tentaciones...
M.—Pero me parece que tú más que a rezar «no nos dejes caer en la tentación» vas a «no me dejes caer en la tentación...»
R.—Sí, que voy a que no me tienten...
M.—¿Pues no has venido acá a tentar a Caridad, tu hermana? ¿O es que crees que no era tentación eso? ¿No venías a hacerle caer en tentación?
C.—No, Manuela, no venía a eso. Y además sabe que no soy celosa, que no lo seré, que no puedo serlo...
R.—Déjale, déjale, Caridad, déjale a la abejita, que pique... que pique...
M.—Duele, ¿eh? Pues, hija, rascarse...