—¡Padre!
—Hay que ahondar en ello. Acaso no le ha perdonado aún...
—Le he dicho, padre, que le quiero; pero no para marido. Le quiero como a un hermano, como a un más que hermano, como al padre de mis hijos, porque éstos, sus hijos, lo son míos de lo más dentro mío, de todo mi corazón; pero para marido no. Yo no puedo ocupar en su cama el sitio que ocupó mi hermana... Y sobre todo, yo no quiero, no debo darles madrasta a mis hijos...
—¿Madrasta?
—Sí, madrastra. Si yo me caso con él, con el padre de los hijos de mi corazón, les daré madrasta a éstos, y más si llego a tener hijos de carne y de sangre con él. Esto, ahora ya... ¡nunca!
—Ahora ya...
—Sí, ahora que ya tengo a los de mi corazón... mis hijos...
—Pero piense en él, en su cuñado, en su situación...
—¿Que piense...?
—¡Sí! ¿Y no tiene compasión de él?