Don Juan.—Ya salió aquello...
Berta.—Pero ahora serás mío, sólo mío...
«¡Mío!, ¡mío!—pensó Juan—. ¡Así dicen las dos!»
Berta.—¡Tenemos que ir a verla!
Don Juan.—¿Ahora?
Berta.—Ahora, sí, ahora. ¿Por qué no?
Don Juan.—¿A verla, o a que te vea...?
Berta.—¡A verla que me vea! ¡A ver cómo me ve!
Y Berta hacía que su Juan la pasease, e íbase colgada de su brazo, buscando las miradas de las gentes. Pero meses después, cuando le costaba ya moverse con soltura, ocurrió lo que Raquel había anticipado, y fué que ya su marido le estomagaba y que buscaba la soledad. Entró en el período de mareos, bascas y vómitos, y alguna vez le decía a su Juan: «¿Qué haces, hombre; qué haces ahí? Anda, vete a tomar el fresco y déjame en paz... ¡Qué lástima que no paséis estas cosas vosotros los hombres...! Quítate de ahí, hombre, quítate de ahí, que me mareas... ¿No te estarás quieto? ¿No dejarás en paz esa silla...? ¡Y no, no, no me sobes! ¡Vete, vete y tarda en volver, que voy a acostarme! Anda, vete, vete a verla y comentad mi pasión... Ya sé, ya sé que quisiste casarte con ella, y sé por qué no te quiso por marido...»
Don Juan.—Qué cosas estás diciendo, Berta...