Berta.—Pero si me lo ha dicho ella, ella misma, que al fin es una mujer, una mujer como yo...

Don Juan.—¡Como tú... no!

Berta.—¡No, como yo no! Ella no ha pasado por lo que estoy pasando... Y los hombres sois todos unos cochinos... Anda, vete, vete a verla... Vete a ver a tu viuda...

Y cuando Juan iba de su casa a casa de Raquel, y le contaba todo lo que la esposa le había dicho, la viuda casi enloquecía de placer. Y repetíase lo de los besos en los ojos. Y le retenía consigo. Alguna vez le retuvo toda la noche, y al amanecer, abriéndole la puerta para que se deslizase afuera, le decía tras del último beso: «Ahora que no te espera, vete, vete y consuélala con buenas palabras... Y dile que no la olvido y que espero...»


VIII

Juan se paseaba por la habitación como enajenado. Sentía pesar el vacío sobre su cabeza y su corazón. Los gemidos y quejumbres de Berta le llegaban como de otro mundo. No veía al señor Lapeira, a su suegro, sentado en un rincón obscuro a la espera del nieto. Y como el pobre Juan creía soñar, no se sorprendió al ver que la puerta se abría y entraba por ella... ¡Raquel!

—¿Usted?—exclamó don Pedro poniéndose en pie.

Raquel.—¡Yo, sí, yo! Vengo por si puedo servir de algo...

Don Pedro.—¿Usted, servir usted? ¿Y en este trance?