Antonio de Herrera, que fué el historiador que tuvo a su disposición más documentos acerca de éste y de otros múltiples asuntos, reconoce la influencia de Martín Behaim en el descubrimiento magallánico. El célebre autor de la Historia de las Indias Occidentales asegura que, al presentarse Magallanes por primera vez en Valladolid al obispo de Burgos Juan Rodríguez de Fonseca, le enseñó un globo, en el que estaba indicado el itinerario que proyectaba seguir, pero dejando en blanco el lugar correspondiente al estrecho, por temor a que pudiera encomendársele a otra persona el encargo de descubrirlo, y añade Hererra que, cuando el cardenal Jiménez de Cisneros y monseñor de Xebres apretaban con objeciones al ilustre navegante, les contestó que estaba seguro de encontrarlo por haberlo visto «en una carta marina de Martín de Bohemia..., cosmógrafo de gran reputación».

Fuera o no fuera así, hay que tener a Magallanes por hombre de mucho loor.

II

Muerto Magallanes, fueron elegidos, para general de la flota, Duarte Barbosa, y para capitán de la Victoria, otro portugués, Luis Alfonso.

Habiendo el rey de Cebú, después del triunfo de Cilapulapo, invitado a los expedicionarios a un banquete en que los agasajaría lo mejor que pudiera y les entregaría una joya para la Majestad cesárea, Duarte Barbosa se apresuró a responder que acudirían muy placenteros al convite. Juan Serrano no fué del mismo parecer, considerando que estaba fresca la derrota que les había causado el señor de Maután; que era peligroso, en tales circunstancias, abandonar la nave por irse a divertir; que, si tanto interés tenía el rey de Cebú en darles un regalo para el emperador, no debía tener inconveniente en subir a bordo a entregarlo. Insistió Barbosa en su resolución, puso en duda el valor de Serrano y éste, para demostrarle que nada le asustaba, fué el primero en dirigirse al banquete.

A la sombra de unas palmeras iba sirviéndoseles la comida. La satisfacción no les dejaba margen para pensar que pudieran ser traicionados. De súbito, cayó sobre ellos un crecido número de cebutines, que a todos les quitaron la vida, menos a Juan Serrano, a quien, por el momento, se la conservaron, por si les servía, como ellos intentaban, de pretexto para quitársela a los que se habían quedado a la mira de las embarcaciones.

Los indios arrojaron al mar los cadáveres de sus víctimas, y a Serrano le llevaron arrastrando, desnudo y maniatado, hasta la playa, obligándole a suplicar a voces a la gente de las naves que le rescataran y a decirles que el rescate consistiría en que dieran por su libertad dos cañones.

Los afligidos nautas, aunque enfermos y débiles casi todos, estuvieron a punto de desembarcar, no para entregarles a tan falsos amigos las piezas de artillería que deseaban, sino para combatirles, vengar el asesinato de los compañeros y libertar por la fuerza a Serrano; pero se dieron cuenta de su situación y de la imposibilidad de vencer a tantísimos adversarios; comprendieron que lo que éstos se proponían con la estratagema del rescate era prenderlos y matarlos como a los demás, y, dominados por la prudencia, levantaron anclas y se marcharon de aquella tierra, dejando al capitán de la Concepción en poder de los indios.

¿Sería Hamabar amigo de nuestros navegantes por creerlos invencibles, y brotarían en él sentimientos de deslealtad al ver que Cilapulapo los había derrotado? Quizá influyeran estas pérfidas consideraciones en el ánimo del rey de Cebú. Lo más verosímil es que le decidiera a pasar de la amistad al engaño y al crimen el esclavo de Magallanes. Herido dicho esclavo en una pierna en la batalla en que pereció su señor, se acostó durante largo rato fingiendo que la herida era grave. Barbosa le mandó que se levantara, le llamó perro y le dijo que no se hiciese la ilusión de que la muerte de su amo había de significar para él la libertad, a cuyas reprensiones ninguna objeción opuso y se levantó; mas, queriendo cobrarse de ellas y a la vez quedar libre, le habló a Hamabar en contra de los expedicionarios, asegurándole que eran unos codiciosos y unos crueles; que la palabra de amigos que le habían dado era insincera, y que lo que buscaban era someter y maltratar, con su ayuda, a los mautanenses para hacer otro tanto con los cebutines y con los de las islas próximas. Hamabar creyó cuanto quiso contarle, y concibió y se propuso llevar inmediatamente a la práctica, puesto de acuerdo con los reyes circunvecinos, la idea del sanguinario convite.

Los historiadores disienten en cuanto a que el esclavo de Magallanes fuera el causante de la matanza. Lo afirman Pigafeta, Maximiliano Transilvano, Oviedo y Gomara. Para Herrera, el crimen se cometió «a instancia de los otros cuatro reyes, que le habían amenazado (al de Cebú) que si no mataba a los castellanos y le tomaba las naves destruirían su tierra y le matarían». Barros, en sus Décadas, lo atribuye a que «los reyes enemigos convinieron en hacer paz entre sí con tal que el rey de Cebú trabajase por matar» a los de las naves. Ahora bien; Juan Sebastián Elcano declara que huyeron de aquella isla porque les mataron veintitrés hombres por una traición que hizo un esclavo de Magallanes... «e que la causa porque el esclavo hizo la traición fué porque Duarte Barbosa le llamó perro».