Vinieron, en efecto, en canoas, unos caciques, que en prueba de amistad querían sangrarse con el general, y entraron en la capitana, donde fueron muy bien recibidos.
Allí era incomprensible otro lenguaje que el de las señas. Legazpi se las hizo de que deseaba contratar con ellos y obtener su amistad en nombre del rey de Castilla. De lo que mostraron gran satisfacción. Y venían con frecuencia a los navios y convidaban a los expedicionarios con vino de palmas. Se les propuso que vendieran en grandes cantidades puercos y gallinas, y se los pagarían muy bien, y quedaron en hacerlo así, pero no llevaron mas que un gallo, un huevo y un cochino. Pronto se vió que no querían venderle nada a nuestra gente, sino entretenerla, y, sobre todo, aprovecharse de las baratijas—para ellos de mucho valor—que se les daban gratuitamente siempre que iban a los buques.
Se encargó a Juan de la Isla y a dos religiosos que reconocieran si había puerto, y hallaron dos bahías. En una salieron indios a la ribera dándole señas al capitán de que querían sangrarse con él para entablar amistades. Francisco Gómez, gentil hombre de Legazpi, sin consentimiento del capitán Isla y contra el parecer de los religiosos, saltó a tierra para sangrarse con uno de los caciques. Cuando estaban en la ceremonia surgió del monte un indio, y acercándose a Gómez por entre los que se hallaban con él, le dió tan terrible lanzada que murió al poco rato.
El 21 arribaron, en la costa de la isla grande, a una bahía que denominaron San Pedro, y el 22 vino a la nave del maestre un isleño, que dijo ser principal y llamarse Urrao. Se sangró con Mateo del Sanz, y le enteró de que Tandaya, gran cacique, de quien era sobrino, residía a no mucha distancia de allí. A Urrao y a otros dos principales, uno de ellos llamado Balaniga, les obsequió el general y les pidió una canoa para enviarle a decir a Tandaya que Su Majestad «le quería por amigo, y le quería mucho». Un indio que sabía algunos términos castellanos se ofreció a llevarle a Tandaya la carta, y quedó en volver al día siguiente para que se la dieran. A Urrao y a los otros dos caciques les rogó el maestre que le vendiesen arroz, gallinas y puercos, y quedaron en llevarlos; pero no volvieron. Tampoco volvió el que se había ofrecido a entregarle el mensaje de Legazpi al gran cacique.
El 22 dispuso el general que Martín de Goiti buscase el río de Tandaya, por si tenía buen puerto, y que procurase ver al poderoso señor y darle cuenta de las intenciones de los españoles.
Mientrastanto, Legazpi procedió a tomar posesión de la isla, y, terminado el acto, se aproximó, en compañía de los religiosos y del maestre de campo, al pueblo de Caniungo, donde les esperaron multitud de indios en disposición amenazadora. Dos disparos de arcabuz fueron bastantes para amedrentarles y hacerles huír.
A los diez días volvió Martín de Goiti, refiriendo que lo más notable que había encontrado en sus exploraciones había sido la ciudad de Cabalián, cuyos habitantes usaban joyas de oro y tenían muchos puercos y gallinas.
El 5 de marzo salió la armada para aquella población, cuyo cacique, Maletec, tenía un hijo, llamado Camutrián, que se sangró con el alférez mayor, no habiendo ido Maletec en persona a sangrarse con Legazpi por ser muy viejo y estar ciego.
Quisieron los expedicionarios comprar víveres, y los indios prometieron traérselos, pero faltaron reiteradamente a su palabra, y el general, los capitanes, los oficiales y otras personas de cuenta resolvieron, haciendo de la necesidad ley, adquirirlos por la fuerza, aunque evitando causarles daño a los indígenas y pagándoles lo que les tomasen.
Los naturales del país huyeron al ver en tierra a los españoles, y con la precipitación de la huída dejaron abandonados algunos puercos y cierta cantidad de batatas. También se les tomaron unas cuantas gallinas. Muchísimas otras escaparon volando como perdices.