En el parao apresado venían seis o siete hombres, uno de ellos factor del rey de Borneo, quien manifestó que las mercancías que llevaban eran de su señor, y que el junco pertenecía a un portugués, llamado Antón Maletis. Legazpi le preguntó cómo no habían acudido al llamamiento de los españoles. La contestación que aquellos seis o siete hombres le dieron fué verdaderamente notable: «... respondieron que, como no los conoscían ni entendían, y vieron que eran extrangeros, les pareció que estaban obligados a la defensa de sus personas y haciendas, y que en defensa desto, por cualquiera cosa que hubiesen hecho, no tenían culpa ninguna; que, si los conoscieran, que justo fuera y ellos vinieran, pero que, no los conosciendo, ni sabiendo quién eran, ni qué los querían, habían procurado defenderse».

Se les puso en libertad y se les devolvió el parao con cuanto en él había venido. Asombrados de tanta liberalidad, pidieron una carta para el rey de Borneo, a quien irían a darle cuenta de proceder tan humanitario.

De estos moros se informó el general acerca de las mercaderías en que traficaban, de dónde las traían, de su calidad, de sus precios de compra y de venta, y de la religión, costumbres, producciones y otras particularidades de aquellas islas.

En Borneo adquirían hierro y estaño, mantas pintadas de la India, porcelanas, campanas de cobre, sartenes, cazuelas de hierro templado, hierros para lanzas, cuchillos, cera, mantas blancas, etc. Todos estos artículos los vendían por oro, por clavos y por unos caracoles que en Siam se cotizaban como dinero.

De los moros aprehendidos, el piloto del parao era el más inteligente y experimentado y el que tenía más y mejores noticias de las Filipinas, de las Molucas, de Borneo, de Malaca, de Java, de la India y de la China. Por él se supo que los rescates que llevaba la armada eran de difícil salida en las Filipinas, y en cambio la tendrían muy buena en Borneo; que en Butuán había mucha contratación; que allí estaban dos juncos de Luzón adquiriendo oro, canela y esclavos; que Luzón estaba al norte de Borneo; que los de Borneo no entraban en Butuán por haber habido entre unos y otros sangrientas colisiones, y que los de Bohol no querían contratar con los de las naves, porque hacía dos años, muchos castellanos de los residentes en las Molucas les habían hecho, so capa de amistad y seguridad, muertes y robos a todo pasto y les habían cogido muchísimos prisioneros, que vendieron como esclavos, y que desde entonces les tenían miedo a los de Castilla.

Legazpi les hizo saber que los autores de semejantes desafueros no eran españoles, sino portugueses, gente de otra tierra y súbditos de otro monarca que los nuestros; a lo que los moros repusieron que ellos sabían que era así, pero que los indios no los diferenciaban y creían que todos eran unos.

El general quedó maravillado de la astucia empleada por los lusitanos, no tanto para hacerles daño a los isleños como para hacérselo a los españoles cuando allí llegaron, porque habían de encontrarse con el odio de los naturales del país.

Para contrarrestar estos inconvenientes, mandó a llamar a varios caciques, y vino a la capitana uno, llamado Cicatuna, que fué recibido muy amistosamente. Este cacique se sangró con Legazpi, sacándose ambos, de los pechos, dos gotas de sangre, revolviéndolas con vino en una taza de plata y bebiéndose cada cual la mitad de la peregrina mezcla. Después de la sangría se convidó a Cicatuna con conservas y vino de Castilla, que le resultó agradable. Los postres consistieron en un discurso del capitán generel, enterando al cacique de que el rey de España era el mayor y más poderoso príncipe de la Cristiandad, de que en su nombre iban los de la armada a contratar, a cuyo efecto llevaban valiosos rescates, y de que él, el gobernador, trataría a Cicatuna como a un hermano; por todo lo cual le suplicaba que influyera para que los isleños viniesen a contratar con los de la flota y les vendiesen arroz, puercos, gallinas y cabras, que les serían pagados a buen precio.

La respuesta del cacique fué satisfactoria, en cuanto a que los indios perderían el temor, una vez que él y el general se habían sangrado y hecho amigos; pero que, por lo que respectaba a mantenimientos, en muy poco le podrían servir, porque aquel año era mucha el hambre que se padecía en la isla a causa de la falta de lluvias.

Otro día vino la nave capitana con varios moros de Borneo, un principal indio, llamado Cigala, de más categoría que Cicatuna. Quería sangrarse con el gobernador; le regaló un lechón y le dió por excusa de no haber venido a verle antes el haber estado forastero. Legazpi accedió a la sangría y obsequió a Cigala con un pedazo de mantel, un espejo, una bacinica, tijeras, cuchillos, margaritas y cuentas, y porque tenía cuatro hijas, le entregó una docena de sartas de vidrio y otra docena de cascabeles para cada una.