Entre los individuos que acompañaron a Colón en su primer viaje figuraron, además de los tres Pinzones, Juan de la Cosa, los hermanos Niño, Cristóbal Guerra, Alonso de Ojeda y Diego de Lepe.

En cuanto a las naves, Martín Alonso deshizo las que, de orden de los reyes, habían sido embargadas, y aprovechó sus mejores materiales para las que habían de sustituírlas. Una de éstas, la Niña, había sido construída por Francisco Martín, el menor de los Pinzones, y era de su propiedad. A otra, llamada la Gallega, le cambió el nombre por el de Santa María, y la destinó para capitana. La Pinta, unos afirman que era de las embargadas, y otros, que pertenecía a Martín Alonso. Hay quienes tienen por dueño de una de estas tres embarcaciones a Juan de la Cosa.

Una prueba del fundamental apoyo concedido a don Cristóbal por Martín y por sus hermanos es el silencio en que don Fernando Colón, al escribir la historia de su padre, incurre acerca de este asunto interesantísimo. Era imposible que ignorara lo que todo el mundo sabía; antes bien, tan enterado debía estar de lo sucedido, que, por lo mismo, resolvería callar, temiendo que, si hablaba, se rebajaría la gloria de su progenitor; con lo cual demostró que, en vez de hacer historia, escribía panegíricos y que, a pesar de su clara inteligencia y de su erudición, no comprendió que, confesando hasta con prolijidad todo lo relativo al auxilio de los Pinzones, quedarían por encima de las de éstos la figura y la reputación de don Cristóbal. Al decir de don Fernando, «el Almirante, concluída su capitulación, salió de Granada, fué a Palos, donde le entregaron dos carabelas y otro navío, que armó con la mayor solicitud y diligencia, y provistas las tres naves de todo lo necesario, se hizo a la vela el 3 de agosto».

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Martín Alonso gozaba de una fama muy merecida de marino inteligente y experto. En su tiempo, nadie le aventajaba ni le igualaba en su tierra ni en toda la costa andaluza como hombre de mar. Había navegado hasta el golfo de Guinea y, por el mare nostrum, hasta el reino de Nápoles. Sentía inclinación por los estudios cosmográficos, deseando añadir a sus experiencias conocimientos teóricos.

Fernández Duro, en su libro Pinzón, y Castelar, en su Historia del descubrimiento de América, dan por averiguado que, hallándose en Roma, acrecentó su cultura examinando escritos, copiando mapas y tomando apuntes en la biblioteca vaticana, para lo que le aprovechó la amistad que le unía al archivero de Inocencio VIII.

En los autos del pleito entre don Diego Colón y el fiscal de Su Majestad, varios testigos hacen manifestaciones sobre la estancia de Martín en la capital del orbe católico y sobre sus estudios en la biblioteca del papa.

Arias Pérez, hijo de Martín Alonso, declara que él estuvo en aquella ciudad con mercaderías de su padre, que éste se encontraba a la sazón allí, que tenía conocimiento con un familiar del pontífice, «grande cosmógrafo» y poseedor de «muchas y largas escrituras», que le enseñó a Martín y a su hijo un mapamundi, y que en él fueron informados de la existencia de las tierras cuyo descubrimiento trataba de adjudicarse a Colón.

Estas y otras declaraciones análogas fueron producto de la parcialidad y debieron ser promovidas por el fiscal, que estaba interesado para ver de contrarrestar las pretensiones de don Diego en rebajar los méritos de su padre.

Es natural que les halagaran a los herederos, parientes, deudos y amigos de Martín Alonso, y que las contestasen afirmativamente preguntas como ésta: «Si saben que cuando el Almirante fué a descubrir aquellas partes, Martín Alonso Pinzón, vecino de Palos, estaba para ir a las descubrir a su costa, con dos navíos suyos, e tenía noticia cierta y escrituras de la tierra, las cuales había habido en Roma, en la librería del Papa Inocencio VIII, en aquel año que había venido de Roma, e había puesto en plática de las ir a descubrir e lo aliñaba».