Es de creer que Martín Alonso aumentara y ensanchara en la biblioteca ponticia sus ideas y sus horizontes como cosmógrafo. A Inocencio VIII le gustaban esos estudios, y no es extraño que tuviera en su librería abundancia de cartas y papeles marítimos.
Lo inadmisible es que allí viese, en un mapamundi, las tierras americanas antes de ofrecerles Colón a los Reyes Católicos su hallazgo; que hubiera estado a punto de proponerles su descubrimiento con anterioridad al gran Almirante y que éste debiera a sus conferencias con el mayor de los Pinzones: la seguridad que tenía de encontrar, navegando al oeste, países desconocidos hasta entonces.
De ser cierto que Martín Alonso creyera que existían y que no era imposible llegar a ellos, lo que invirtió en favorecer a Colón debió emplearlo en favorecerse a sí mismo. Siendo español, afamado piloto, rico e influyente, no le hubieran surgido tantas dificultades como a Colón, extranjero y pobre.
Lo del fantástico mapa de la biblioteca del pontífice demuestra, si bien se considera, que, sin la ayuda del mayor de los Pinzones, nada hubiera podido descubrirse. Don Martín Fernández de Navarrete opina que fué un ardid de fray Juan Pérez y de Cristóbal Colón, y que lo pusieron en conocimiento de Martín Alonso para que lo utilizase en convencer con más facilidad a los reacios a ir en la armada. Don Cristóbal se había reconocido incapaz de atraérselos, y estando el asunto en manos de Martín, entre aquél y fray Juan buscaban argumentos que ofrecerle al piloto como refuerzo de los que a él se le ocurrieran. Ya que era público que había estado en Roma, debía decirles que allí se había convencido, en la librería del Vicario de Jesucristo, de la existencia de las tierras, a cuya busca se les invitaba. Si añadía al influjo de su posición y renombre consideraciones de cierto barniz religioso, como la propuesta, difícilmente habría quien se negara a sus instancias.
Colón era hombre erudito, por lo menos en las materias que pudieran aclarar sus proyectos y afirmarle en el propósito de realizarlos. Además de las Sagradas Escrituras y de los Santos Padres, había leído trabajos de Aristóteles, Estrabón, Julio César, Séneca, Plinio, Tolomeo, Solino, San Isidoro, Alfonso X el Sabio, Averroes, Escoto, el cardenal Pedro de Heliaco, Juan Charlier de Gerson, el Pontífice Pío II, Regiomontano, Pablo Toscanelli, Nicolás de Conti, y otros, como Marco Polo, cuyo libro de viajes era tan estimado por don Cristóbal, que lo llevaba a bordo.
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Para aumentar la gloria de Colón, que no necesita de aumentos, pues tiene bastante con su propio tamaño, se ha querido pintar a los marineros de Palos como a hombres que se amedrentaban y encogían ante ciertos fenómenos.
A don Fernando Colón le corresponde una parte no escasa en la forja de esa leyenda. Asegura que las tripulaciones de su padre se espantaron viendo, al pasar de noche por las inmediaciones de Tenerife, las llamas del volcán de la isla.
Desde principios del siglo XII, los castellanos, los gallegos, los vizcaínos y los aragoneses venían saliendo de los puertos andaluces para ir a las islas Afortunadas y avanzar en el descubrimiento de la costa africana.
En cuanto a los marineros de Palos, fueron de los que llevaron a cabo expediciones más dilatadas y peligrosas en aquellas centurias.