Si, pues, estaban hechos desde antiguo a pasar por las Canarias, ya habrían visto las llamas del volcán y, al volver a verlas, les admirarían sin espantarles.

Nada dice Colón de tal pavor en su Diario: «Jueves 9 de agosto. Hasta el domingo en la noche no pudo el almirante tomar la Gomera, y Martín Alonso quedóse en aquella costa de Gran Canaria..., y al cabo vinieron a la Gomera. Vieron salir gran fuego de la sierra de la isla de Tenerife, que es muy alta».

* * *

Todavía está muy generalizada la creencia de que en la nave de Colón estalló un tremendo motín contra el Almirante para obligarle a que se volviera a España, y que ese motín fué promovido y atizado por los hermanos Pinzones.

Es una de las mil fantasías puestas en circulación por los obstinados en presentar al eximio descubridor como un mártir, a cuya cabeza le brotaban por doquiera las espinas de las persecuciones.

Tan irreflexivos panegiristas, más impulsados quizá por la pasión política que por el sentimiento religioso, han pretendido la canonización de don Cristóbal, y en su deseo de conseguirla han falseado la historia atribuyéndole perfecciones imaginarias—aunque tuviera otras reales—y rodeándole de circunstancias y vicisitudes de que no precisaba para su grandeza.

De creer a los propagadores de estas fábulas, el motín a bordo fué verdaderamente monumental, extrordinariamente espeluznante, y sirvió, no para hacer desistir a Colón de sus propósitos, sino para revelar las formidables condiciones de energía de que estaba dotado.

De haber ocurrido tan graves acontecimientos, el almirante lo hubiera consignado en su Diario. Sin embargo, he aquí sus palabras: «Sábado 22 de septiembre. Mucho me fué necesario este viento contrario porque mi gente andaban muy estimulados, que pensaban que no ventaban estos mares vientos para volver a España». «Aquí—dice el padre las Casas—comienza a murmurar la gente del largo viaje». «Domingo 23 de septiembre. Como la mar estuviese mansa y llana, murmuraba la gente diciendo: que pues por allí no había mar grande, que nunca ventaría para volver a España». «Miércoles 10 de octubre. Aquí la gente ya no lo podía sufrir; quejábase del largo viaje; pero el Almirante los esforzó lo mejor que pudo dándoles buena esperanza de los provechos que podrían haber. Y añadía que por demás era quejarse, pues que él había venido a las Indias y que así lo había de proseguir hasta hallarlas con la ayuda de nuestro Señor».

Wáshington Irving, Alfonso de Lamartine y Roselly de Lorgues extremaron la nota hasta donde no se atrevió a llegar don Fernando Colón, quien asegura que «no faltaron algunos que decían que para quitar contiendas lo echasen (al almirante) en el mar, si no desistía de su intento, publicando después que él se había caído estando mirando las estrellas y las señales»; pero no se refiere a motines, sino a murmuraciones conocidas, sofocadas y extinguidas por don Cristóbal.

No hubo motín, hubo habladurías, y Martín Alonso fué ajeno a ellas. Cuantas veces llegaron a su noticia, lejos de fomentarlas, le aconsejó a Colón, con energía, que las castigara, y le animó a seguir ADELANTE.