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El jueves 11 de octubre de 1492, «a las dos horas y media después de media noche», se vió tierra desde la carabela de Martín Alonso. En esto fué más afortunado que Colón el piloto de Palos. De la Pinta, no de la Santa María, salió la alborozadora exclamación, que, por fin, convertía en realidad tantísimos sueños y tantísimas esperanzas. «Y porque la carabela Pinta iba delante del almirante—dice don Cristóbal en su Diario—, halló tierra e hizo las señas que el almirante había mandado. Esta tierra vido primero un marinero que se decía Rodrigo de Triana».

Le cuesta trabajo a Colón reconocer que no fué él quien se adelantó a los demás en ver la isla de Guanahaní. Aun incurriendo en contradicciones, no quiere desprenderse por completo de tal honra. El almirante, «a las diez de la noche (del jueves 11 de octubre), estando en el castillo de popa, vido lumbre, aunque fué cosa tan cerrada que no quiso afirmar que fuese tierra... Pero... tuvo por cierto estar junto a tierra».

Es muy extraño que tuviera por cierto estar junto a tierra y no lo quisiera afirmar, lo que demuestra que lo tuvo por muy dudoso. De no haber sido así, se hubiera apresurado a mandar hacer las correspondientes señales. Cuando lo tuvo por cierto fué cuando salió de la Pinta el anhelado grito.

Y quien lo lanzó no fué Rodrigo de Triana, sino Juan Rodríguez Bermejo, a no ser que Colón entendiese Rodrigo por un Rodríguez a quien hubiera conocido en Triana, en cuyo caso, a pesar de la dualidad de denominaciones, se trataría del mismo sujeto.

En 1.º de octubre de 1515, Francisco García Vallejo, vecino de Moguer, que había sido marinero de la carabela Pinta e iba en ella al descubrirse el Nuevo Mundo, contesta a la pregunta décimoquinta del interrogatorio del fiscal de la Corte en el pleito entre ésta y el primogénito de don Cristóbal: «... aquel jueves en la noche aclaró la luna, e un marinero del dicho navío de Martín Alonso Pinzón, que se decía Juan Rodríguez Bermejo, vecino de Molinos, de tierra de Sevilla, como la luna aclaró, vido una cabeza blanca, de arena, e alzó los ojos e vido la tierra, e luego arremetió con una lombarda e dió un trueno tierra, tierra, e retuvieron a los navíos fasta que vino el día, viernes 12 de octubre».

Escribe Colón que «al que le dijese primero que veía tierra le daría luego un jubón de seda, sin las otras mercedes que los reyes habían prometido, que eran diez mil maravedís de juro».

Según Gonzalo Fernández de Oviedo, al volver a España el marinero de la Pinta que descubrió la isla de Guanahaní, no se le concedieron las albricias que por ello le eran debidas, y despechado se marchó a Africa y renegó de la fe católica.

En cambio Don Fernando y Doña Isabel, por albalá fechado en Barcelona a 23 de mayo de 1493, le hacen la merced al almirante don Cristóbal Colón de diez mil maravedís anuales durante su vida, «porque el dicho almirante... ha descubierto primero que otro alguno la tierra de las dichas Islas, y somos ciertos y certificados que él fué el primero que vió e descubrió las dichas islas».

Del jubón de seda nada dice este documento. Debió quedarse con él don Cristóbal, que le llevaba en la Santa María. Los reyes estaban ciertos y certificados de que el primero que vió tierra fué el Almirante. Sería Colón quien les diera e infundiera tan peregrinas certificaciones y certidumbres.