Aquélla era la primera vez, desde que había llegado su compañera, que había intentado divertirse sin que ella le acompañase. Pero nada le salía a su gusto, ni era tan feliz como los demás días.
No podía encontrar frutas maduras y dulces, y si las encontraba le empalagaban. No había regocijo en su corazón, ni su voz surgía alegre como otras veces, al unirse a las de sus compañeros en sus bulliciosos juegos. En una palabra: se puso tan molesto y tan disgustado, que los otros niños no podían comprender lo que le pasaba. Tampoco él lo comprendía del todo. Porque debéis recordar que en el tiempo de que vamos hablando, todo el mundo tenía la costumbre de ser constantemente feliz. El mundo aún no había aprendido a ser de otra manera. Ni un solo cuerpo había estado enfermo, ni una sola alma había estado triste, desde que aquellos niños fueron enviados a la hermosa Tierra para divertirse y gozar de ella.
Por fin, descubriendo que algo le sucedía, fuese lo que fuese, dejó de jugar, y le pareció lo mejor ir a buscar a Pandora, que siquiera estaba de humor parecido al suyo. Pero con esperanza de darle una alegría, cogió unas cuantas flores, hizo con ellas una guirnalda y pensó ponérsela en la cabeza. Las flores eran muy bonitas—rosas y azucenas y flores de azahar, y otras muchas que iban dejando a su paso un rastro de fragancia—. Y la guirnalda estaba todo lo bien hecha que cabe por manos de un niño. Los dedos de las niñas, al menos a mí me lo ha parecido siempre, tienen más habilidad para hacer guirnaldas de flores; pero los niños de aquellos tiempos eran más hábiles que los de los nuestros.
Y aquí llega el momento de decir que una gran nube negra hacía ya algún tiempo que andaba por el cielo, aunque todavía no había ocultado la luz del sol. Pero cuando Epimeteo entró en su casita, la nube interceptó la luz, y produjo una repentina y triste obscuridad.
Entró Epimeteo despacito, porque quería, a ser posible, llegar sin que le sintiese Pandora, y ponerle en la cabeza la guirnalda de flores, antes de que ella se hubiese dado cuenta de su presencia. Pero no había necesidad de entrar tan despacio. Aunque hubiese dado pasos pesados y ruidosos, tan ruidosos como los de un hombre, casi iba a decir como los de un elefante, es probable que Pandora no le hubiese oído llegar.
Estaba demasiado absorta en sus malos propósitos. En el momento en que Epimeteo entró en la casita, la chiquilla había puesto la mano en la tapa, y estaba a punto de abrir la caja. Epimeteo la miró. Si hubiese dado un grito, Pandora probablemente hubiese retirado la mano, y el misterio tremendo de la caja no se hubiese sabido nunca.
Pero Epimeteo, aunque nunca hablaba de ello, tenía también su poquito de curiosidad por saber lo que había dentro. Comprendiendo que Pandora estaba resuelta a descubrir el secreto, decidió que su compañera no había de ser la única en enterarse de él. Y si dentro de la caja había algo bonito o que valiese la pena, también él quería tener su parte. Así es que, después de tantos prudentes consejos a Pandora para que demorase su curiosidad, Epimeteo se volvió casi tan insensato como ella, y casi tan culpable como su compañera. De modo que si echamos la culpa a Pandora de lo que sucedió, no debemos dejar de echársela también a Epimeteo.
Cuando Pandora levantó la tapa, la casita se quedó muy obscura y muy triste, porque la nube negra había ocultado por completo el sol y parecía haberlo enterrado vivo. Desde hacía un rato venían oyéndose truenos lejanos, que de repente se hicieron terribles. Pero Pandora, sin oirlos, levantó la tapa y miró al interior de la caja. Parecióle que un enjambre de criaturitas aladas salía de ella volando, y en el mismo instante oyó la voz de Epimeteo en tono lamentable, como si le doliese algo.
—¡Ay, me han mordido!—exclamó—, ¡me han mordido! Pandora, Pandora, ¿por qué has abierto esa caja maldita?
Pandora dejó caer la tapa, y volviéndose rápidamente, miró a ver qué había sucedido a Epimeteo. La tormenta había obscurecido de tal modo la habitación, que no podía ver bien dónde estaba. Pero oyó un zumbido desagradable, como si muchas moscas muy grandes o muchos mosquitos gigantescos estuviesen volando en derredor suyo. Y cuando se le acostumbraron los ojos a la escasa luz, vió multitud de feísimas y diminutas formas con alas de murciélago, que parecían encolerizadísimas y armadas de terribles aguijones en la cola. Una de ellas era la que había picado a Epimeteo. No pasó mucho tiempo sin que Pandora empezase a llorar con no menos dolor y susto que su compañero, y haciendo muchísimo más ruido que él. Uno de aquellos odiosos monstruos diminutos se le había posado en la frente, y no sé hasta cuándo la hubiese estado picando, si Epimeteo no hubiese corrido a espantarle.