Y ahora, si queréis saber quiénes podían ser aquellos feísimos animalejos que se habían escapado de la caja, os diré que eran la familia entera de los males del mundo. Eran todas las malas pasiones. Eran las muchísimas especies de cuidados. Eran más de ciento cincuenta penas distintas; eran las enfermedades, en gran número, de miserables y dolorosas formas; eran muchas más clases de calamidades de las que yo puedo deciros.
En resumen: todo cuanto desde entonces ha afligido los cuerpos y las almas de la Humanidad, estaba encerrado en la misteriosa caja, y se les había entregado a Epimeteo y a Pandora para que lo custodiasen cuidadosamente, para que los felices niños del mundo no sintiesen nunca la menor molestia. Si hubieran cumplido fielmente su encargo, todo hubiese ido bien. Ninguna persona mayor hubiese estado triste nunca; ninguna niña hubiese tenido nunca motivo para derramar una sola lágrima, desde aquella hora hasta este momento.
Pero—y por esto podéis comprender cómo una mala acción de un solo mortal es una calamidad para el mundo entero—, por haber Pandora levantado la tapa de la caja, y por no habérselo impedido Epimeteo, aquellos males se han instalado entre nosotros, y me parece que no tienen prisa de volver a marcharse. Porque era imposible, como comprenderéis, que los dos niños tuvieran encerrado el enjambre feísimo dentro de su casita. Por el contrario, lo primero que hicieron fué abrir de par en par las ventanas, a ver si podían librarse de ellos, y allá salieron volando los males, y de tal modo atormentaron y afligieron a toda la gente menuda que fueron encontrando al paso, que en mucho tiempo ninguno de los niños volvió a sonreir. Y, lo que es más extraño, todas aquellas flores llenas de rocío de la tierra, ninguna de las cuales se había marchitado hasta entonces, ahora empezaron a marchitarse y a deshojarse, y ninguna dura más de un día o dos. Los niños también, que parecían inmortales en su infancia, empezaron desde entonces a crecer día por día, y pronto se hicieron jóvenes, y luego hombres y mujeres, y ancianos, antes de poder darse cuenta del triste cambio.
Entretanto la malvada Pandora y el no menos malvado Epimeteo se quedaron en su casita. Los dos habían sido picados dolorosamente y tenían bastante dolor, que les parecía más intolerable porque era el primero que habían sentido desde que empezó el mundo. Como no tenían costumbre alguna de sufrir, no podían comprender lo que el sufrimiento significaba. Además, estaban de muy mal humor uno contra otro, y cada uno contra sí mismo. Epimeteo se sentó en un rincón de espaldas a Pandora, y Pandora se tiró al suelo y apoyó la cabeza en la caja fatal y abominable. Lloraba y sollozaba como si fuera a rompérsele el corazón.
De repente oyó un ruidito suave dentro de la caja.
—¿Qué dirá?—preguntó Pandora, levantando la cabeza.
Pero Epimeteo no había oído el ruido, o estaba de demasiado mal humor para darse por enterado: el caso es que no respondió.
—¡Qué poco amable eres!—dijo Pandora volviendo a sollozar—; ya no quieres hablarme.
¡Otra vez el ruido! Sonaba como si los nudillos de una manecita de hada golpeasen ligeramente, y por juego, el interior de la caja.