—¿Quién eres?—preguntó Pandora con un poco de su antigua curiosidad—. ¿Quién eres tú, que aún estás dentro de esta maldita caja?
Una vocecilla dulce respondió desde dentro:
—Levanta la tapa, y lo verás.
—No, no—respondió Pandora echándose a llorar de nuevo—. No quiero volver a levantar la tapa. Dentro de la caja estás, maligna criatura, y dentro te quedarás. Bastantes de tus feísimos hermanos y hermanas andan ya volando por el mundo. No pienses que voy a ser tan loca que a ti también te deje salir.
Miró hacia Epimeteo al decir esto, acaso esperando que la alabase por su prudencia. Pero el niño, enojado, dijo que a buena hora se acordaba de tener prudencia.
—¡Ah!—dijo la dulce voz—, más os valdría dejarme salir. No soy de esas malignas criaturas que tienen aguijones en la cola. No eran hermanos ni hermanas míos los que han salido, como veréis si queréis mirarme. Ven, ven, Pandora mía. Estoy segura de que me vas a dejar salir.
Había una especie de amable hechicería en el tono de la voz, que hacía imposible negar nada de lo que pidiera. El corazón de Pandora se había ido aliviando insensiblemente a cada palabra que salía de la caja. También Epimeteo, aunque sin salir de su rincón, se había vuelto un poco, y parecía estar de mejor humor que antes.
—Mi querido Epimeteo—exclamó Pandora—, ¿has oído esa vocecita?
—Sí la he oído, sí—respondió Epimeteo con no muy buenos modos—. ¿Qué tenemos con eso?