—¡De Santander! —exclamó el alguacil—; pues si Santander está al Norte, y el África, de donde parece este buen hombre, cae hacia el Mediodía.
—Precisamente —contestó el presidente de la corporación municipal dando un puñetazo en la mesa—; precisamente por eso. Así se trata a los vagos. O soy o no soy alcalde... ¡No faltaba más! Llévate a ese hombre y entrégalo a la pareja.
Salieron ambos, y ya en la calle, el alguacil, hablando muy quedito al oído del Santo, le dijo:
—Mira, nación (en aquel pueblo designan con esta palabra a los extranjeros), todo se puede arreglar con una friolera. Con que me des para echar unas copas... En fin, hay que untar el carro... Ya sabes aquel refrán: «Por bueno o por malo, el escribano de tu mano».
—Sí, y también conozco aquel otro que dice: «Ni hagas cohecho ni pierdas derecho».
—Pues con tu pan te lo comas —replicó el agente de la autoridad dando un empellón al Santo y encerrándole en la cárcel—. Aquí te estarás hasta que pase la pareja.
IV
Entonces el siervo de Dios creyó llegado el momento de hacer un milagro, pues le apretaba el deseo de dar comienzo a su terrenal apostolado y devolver bien por mal al lugar a que le trajeron, no sus pecados, como decirse suele, pues siendo santo ¿qué pecados había de tener? sino los altos e inescrutables