designios de la Providencia; y así, por un simple acto de su voluntad tornose de pronto invisible, y saliendo del calabozo por el resquicio de la puerta, se fue a la calle, recorrió el pueblo, y penetrando en todas partes sin ser de nadie visto ni oído, escudriñó a su sabor cuanto allí pasaba.
Hacíase cruces a cada paso al descubrir las miserias humanas; pero lo que mayormente llamó su atención fue el aflictivo y ruinoso estado de la Hacienda municipal, bajo el poder de aquel cacique de campanario, que aspiraba a la reelección del cargo concejil.
¡Qué de cabildeos, qué de amaños, qué de promesas, a costa, por supuesto, de los bienes comunes, para conjurar las ruines rivalidades de unos cuantos electores, en medio de la estúpida indiferencia de los demás!
Tocaron en esto a misa, y por ser domingo, los lugareños juntáronse en la plaza de la iglesia, esperando la última campanada, como si quisieran tasar el tiempo destinado a las cosas santas, nada piadosa costumbre, que disgustó al Apóstol que en volandas había acudido al templo a oír los divinos oficios.
Apenas terminados estos, los hombres volvieron en tropel a la plaza, mientras las mujeres salían poco a poco de la casa del Señor con la mantilla muy ceñida, los ojos bajos y el rosario en la mano.
Quedose Santiago algún tiempo en la iglesia, rezando muchos Padre-nuestros a sus predilectos compañeros de Gloria, y al retirarse, en el acto de abrir la cancela, le asaltó una idea que llevó en seguida a efecto,
y fue nada menos que tomar la misma figura del boticario del pueblo, ausente a la sazón, con una semejanza tal, que era el más perfecto trasunto que imaginarse puede; y de esta suerte se presentó en la plaza.