Todos los que se hallaban allí cayeron en el engaño, y fueron a él y le saludaron con mucha cortesía y afectado cariño, porque el farmacéutico, aunque tenía fama de socarrón, entrometido y mordaz, era, si no bien quisto, considerado con el respeto que se merece una mala lengua.
Como en semejantes casos suele acontecer, comenzose a hablar de la salud y del tiempo, de lo cual tomaron pie los labradores, que lo eran casi todos,
para echar su cuarto a espadas sobre la cosecha, siempre mala, si no detestable, en boca de campesinos.
—¡De esto tenéis la culpa vosotros! —exclamó Santiago.
—¿Nosotros?
—Sí, vosotros.
—¿Por qué? —preguntó uno.
—Vamos a ver, ¿qué es lo que hace buenas las cosechas después del trabajo del hombre?
—¡Toma! —contestó otro a quien llamaban por apodo el tío Solón o Salomón—, la buena tierra y el agua.