—Siendo así, ¿por qué os empeñáis en hacer mala la tierra y en alejar de ella la humedad?

—¡Nosotros! —exclamaron todos con irónica sonrisa, mirándose unos a otros, como quien dice: este hombre no está en su juicio.

—¡Sí, vosotros, con la insensata guerra que hacéis al arbolado! Fomentadlo, y la tierra será cada vez mejor, y la lluvia visitará con más frecuencia los campos, derramando sobre ellos sus inapreciables dones.

—¡Ah, señor farmacéutico! —exclamó el tío Solón—, ¡qué engañado está usted! Esto lo rezan los libros, pero nosotros entendemos más de labranza que esos señoritos de las ciudades que inventan estas cosas, y que no son más que unos saca-dineros. ¡Árboles, eh!

—¿Qué mal os han hecho?

—Mire usted; cuando yo era mozo —replicó el tío Solón—, había en el prado de propios hasta seis docenas de pinos: ¿y sabe usted para qué servían? Para que los muchachos se comiesen los piñones. Semejante escándalo llamó la atención del concejo, que se reunió para tratar sobre la materia. Opinaban unos que debía nombrarse un guarda y otros que era mejor cortar los árboles, y después de maduro examen, por mayoría de votos se decidió lo último, y así se dio fin al escándalo.

No quiso Santiago refutar tales razones, que no eran para contestadas, y encarándose con otro Licurgo del lugar que atentamente escuchaba sin decir esta boca es mía, le preguntó:

—¿Y usted también cree inútil el arbolado?