—¡Qué inútil —contestó el segundo sabio—, perjudicial, y perjudicial de todo punto! Y si no, vamos a ver: ¿quién se come el grano antes de la cosecha? Algunos pájaros, como los gorriones, ¿no es verdad? ¿Quién atrae a los gorriones? El arbolado, ¿no es cierto? Luego destruyendo a este contribuimos a extinguir aquella plaga.
—¡Bien dicho! —exclamaron todos dando calurosas muestras de asentimiento, creyendo confundido al supuesto boticario.
El cual, después de breve pausa, replicó:
—Pues yo os pregunto: ¿qué plaga es mayor, la de los insectos o la de los pájaros?
—¡Toma! —contestó otro labriego—, la de los insectos, porque siendo innumerables y pequeñísimos, no basta la mano del hombre para aniquilarlos.
—Entonces —dijo el Santo—, si no os bastáis para combatir a estos casi invisibles enemigos, justo sería que respetaseis y aun dierais recompensa a vuestros mejores auxiliares, y si no; decidme: por cada grano de trigo que os quita un gorrión, ¿de cuántos millares de insectos no habrá limpiado vuestros campos?
Esperaba el Apóstol que este sencillo razonamiento abriría los ojos de aquellos labradores; pero lejos de ser así, ninguno dio muestras de dejarse convencer ni aun por el mismo Dios que bajase en persona, y como Santiago se sabía muy bien de memoria aquel refrán de que no hay peor sordo que el que no quiere oír, dio el pleito por perdido; mas quiso probar si sacaba mejor fruto hablándoles de la cosa pública, y encaminando la plática en este sentido, les espetó una de verdades que había que oírle. ¡Qué de cosas salieron de aquellos santos labios, como de quien sabía los más recónditos secretos de todo el lugar!
—¡Muy bien! —exclamó un mozalbete que había estudiado en Madrid hasta dos años en la Escuela de Veterinaria, siendo suspenso en el segundo—; ¡muy bien, señor farmacéutico! Me place ver a usted entrar por tan buen camino y salir de la actitud de expectante benevolencia para con el Ayuntamiento, en que hasta ahora se había colocado. Cuente usted conmigo, con mi apoyo incondicional, a fin de coronar el edificio de la regeneración de nuestra querida patria, digna de mejor suerte y de los más altos destinos. Unámonos todos en apretado haz para sacudir el yugo de la opresión y de la tiranía; proclamemos con entusiasmo nuestro ideal político...
—Pero, ¡hombre de Dios! —exclamó interrumpiéndole Santiago—. ¿Qué tienen que ver tus ideales políticos con la policía urbana, la hacienda municipal y los chanchullos de los fielatos?
Y hablándole aparte añadió: