—Calla, si no quieres que cuente tus trapisondas de la época en que eras secretario del anterior alcalde, por cuya candidatura trabajas ahora.

Corriose el mozo, y hecho una grana, escurrió el bulto, dirigiéndose a la Casa de la Villa, donde en aquel momento se constituía solemnemente la mesa electoral.

Entretanto, el Apóstol no cesaba de exhortar a aquellos rústicos, que embebidos y suspensos le escuchaban, a que cumpliesen sincera y honradamente sus deberes de buenos ciudadanos; y cuando creía haberles persuadido de todo punto, el tío Solón le interrumpió diciendo:

—Yo no quito ni pongo rey.

—Ni mi padre ni mi abuelo —añadió uno—, dieron jamás su voto, y yo no hago usos nuevos.

—¡Al concejo, ni verlo! —exclamó otro.

—¡Allá ellos! —dijo un cuarto.

—Mire usted, señor boticario —prosiguió el tío Solón—, quien sirve al común, sirve a ningún. Así, no se canse usted, que ni queremos votar ni ser votados.