—¿Para qué? —repuso un quinto—; ¿para que nos roan los zancajos y no hagamos nada de provecho? Y si no, pon lo tuyo en concejo, y unos dirán que es blanco y otros que es negro.
Y todos por este estilo fueron contestando a Santiago, el cual, sin querer oír más razones, se marchó del lugar.
Uno de los del corro, empero, tuvo un arranque de valor cívico, y exclamó:
—¡Pues yo voto! ¡Algo hay que hacer por el pueblo!
Y dirigiéndose al colegio electoral, se votó a sí mismo.
V
La nueva de la actitud tomada por el supuesto farmacéutico, y digo actitud, porque empleó esta palabra el veterinario en embrión, cayó como una bomba
en medio del campo alcaldesco, que había sentado sus reales en el salón consistorial y ya se regodeaba con la confianza de una victoria decisiva, a pesar de que el bando contrario, de que era firme apoyo y activo paladín el molzalbete de la plaza, había conseguido intervenir la mesa electoral, circunstancia que no permitía al presidente de ella trasegar el censo completo a las listas de votantes, como en otras no menos gloriosas batallas por él libradas.