Cantaba el gallo de San Pedro, claro indicio de que rayaba el día, cuando Santiago, puesto sobre su caballo blanco, que había recuperado sin ser de nadie visto, llegó al glacis del Alcázar celeste, defendido por una legión de ángeles que revoloteaban de aquí para allí gritando: ¡centinela alerta! y el lejano eco repetía: ¡centinela alerta!

—¿Quién vive? —gritó una voz, en cuanto el Apóstol se acercó al puente levadizo.

—El Paraíso —contestó aquel.

—¿Qué gente?

—Santiago el Mayor.

—¡Alto! ¡Cabo de guardia!

Y salió la ronda menor, compuesta del cabo y de dos números, que eran gentiles mancebos resplandecientes de hermosura con unas alas muy anchas y extendidas, vestidos de blanco y finísimo ropaje, y blandiendo en la diestra sendas espadas que, a pesar de la tenue claridad del naciente día, brillaban como inextinguibles centellas.

El cabo pidió el santo, seña y contraseña, y rindiolas el recién llegado, diciendo: «Santo Espíritu, Espacio Eterno.»

Previas estas formalidades que prescribe la celestial ordenanza, se fue el cabo a prevenir al oficial de guardia, y este a San Pedro, que a fuer de madrugador, merced a su gallo, en la muralla del venturoso Alcázar se estaba solazando.