Acudió solícito el príncipe de los Apóstoles a abrir a su compañero, y exclamó:
—¿Ya de vuelta, querido Santiago?
—Aquí me tienes, Perico, —contestó este, apeándose del caballo y estrechando entre sus brazos al portero mayor de la Gloria.
—Vamos, cuenta: ¿cómo te ha ido por allá?
—Llegué, y me prendieron.
—¿Y tú qué hiciste?
—Salirme de la cárcel por milagro. En España se suele salir así de semejante sitio.
—¿Y después?
—Traté de inculcar las nociones más rudimentarias de agricultura a gentes que no viven más que de ella.