Pierrepont se inclinó con gravedad, y prosiguió Fabrice:

—Pero antes de darlo es preciso que conozcas mis sentimientos... Fórmanlos elementos bastante heterogéneos... unos un tanto honrosos... otros que lo son menos... Juzga con tu propio criterio... Puedo jurarte que en mis relaciones cotidianas con Beatriz, ya en el salón de tu tía, ya durante nuestras diarias lecciones de acuarela, me sentía a cada, instante más influído por la simpatía, la estimación y el respeto que aquélla me inspiraba; así como por su conducta y dignidad en soportar sus sufrimientos, porque es imposible hacer cara a la desventura con más altiva resignación; es imposible mantener con mayor decencia ni mayor decoro una situación tan ambigua, delicada y peligrosa... Podría también jurarte sin remordimientos que la idea de rescatar a aquella noble criatura de la especie de abismo a que el infortunio la ha arrojado, ha tenido en mis determinaciones parte muy principal, porque hay en esa idea atractivos infinitos... Pero, en fin, ante todo y desde el primer momento ha sido su hermosura la que me ha conquistado. Acabas de decirme que conoces a la señorita de Sardonne desde su infancia, y sin duda por eso, por el hastío que engendra el hábito, no te das cuenta de cuan grande es su belleza... ¡Oh! ¡es fascinadora!... Tiene el puro, serio, y un tanto trágico, encanto de Urania... y de Musa también; es su voz, armoniosa y grave; encanta oírla leer; durante nuestras sesiones para pintar el retrato de la baronesa, mil veces me ha asaltado la loca idea de traerla a mi casa para hacerla el hada de este taller en que nos encontramos... que por la magia de su presencia resplandecería cual otro paraíso... Si hubiese conocido a la señorita de Sardonne en la alta posición social en que nació, todo eso no habría pasado de un ensueño pasajero de artista... uno de esos ensueños que con tanta frecuencia nos asaltan... porque nosotros somos generalmente muy aristócratas en nuestros amores... La mitad de nuestra vida la pasamos por ministerio de la imaginación en muy altas esferas, en muy escogida compañía... Vemos con harta frecuencia a las grandes damas en medio de los esplendores de sus palacios, y entrevemos a las diosas tronando sobre sus solios de nubes... Y aun es una de nuestras grandes decepciones, de nuestros grandes dolores caer de pronto desde esas doradas alturas encima de las ronzas de la tierra... Ahí tienes por qué, precisamente en estas cuestiones de matrimonio, son tan graves nuestros errores y tan profundos nuestros desencantos... ¡Ay! ¿quién lo sabe mejor que yo?... Pues bien, te decía que si hubiese encontrado a la señorita de Sardonne en todo el brillo de su nacimiento y de su fortuna, conozco demasiado las leyes y las costumbres sociales como para que ni un momento se me hubiera ocurrido aspirar a su mano... Pero, en fin, la veía desgraciada y pobre... y al menos, si no en otro, en el camino de la riqueza me encuentro ya... Aquellas circunstancias venían a acortar la distancia entre nosotros... Podía al menos ofrecerla una posición independiente... dar a su hermosura un marco digno de ella... y poco a poco me dejaba ganar por una tentación tan poderosa, precisamente cuando me pareció observar que tu amistad hacia la señorita de Sardonne tomaba el carácter de más serios sentimientos... Desde ese momento mi línea de conducta estaba trazada... ponerme en fuga...

—Carísimo maestro—interrumpió Pierrepont—, eres un niño grande... Todo eso me lo debiste contar... allá... en los... Genets... así te habrías evitado un viaje de ida y vuelta.

—Si diera rienda suelta a mi deseo—replicó el pintor—, ¿podría contar, querido marqués, con tu simpatía y tus buenos consejos?

—Simpatía desde luego... Cuanto a consejos, son siempre muy delicados en estas materias... Yo no quisiera verte dar un paso en falso... Ante todo es necesario saber si la señorita de Sardonne participa de tus ideas.

—Las ignora absolutamente—repuso el pintor.

—¿Estás seguro? ¿En vuestras largas conversaciones durante la lección de pintura no se te ha escapado nunca alguna palabra que la haya puesto en sospecha?

—Nunca. Era vuestro huésped.

—Eres un caballero. En adelante, por lo que a mí se refiere, quedas en completa libertad de hacer lo que te plazca. No debo ni puedo oponerme a que la señorita de Sardonne sea dichosa contigo si ella así lo estima.

—Pero, tú que la conoces de hace tanto tiempo, ¿crees que acogerá mi demanda, si me atrevo al fin a presentársela?