—Sí, pero no es un talento que en rigor pudiera proporcionarme recursos para vivir.
—Podrá usted conseguirlo... pero para eso habrá que conceder más tiempo al estudio.
—¡Más tiempo!—murmuró Beatriz.
Y precisamente al decir eso dio dos golpes la campana del castillo.
—¡Me llaman!—exclamó aquélla, guardando con prisa su dibujo en la caja—. ¡Más tiempo!... ¡Ya ve usted si es fácil!... ¡Ya ve usted cómo puedo disponer de mis horas!
—¡Su vida de usted no es por cierto dichosa!—añadió Fabrice echando a la huérfana una mirada de tierna compasión.
—Señor Fabrice—le replicó aquélla bajando la voz y con una energía extraordinaria—, no importaría nada ser sólo desgraciada... Lo que es terrible es sentir cómo va una volviéndose perversa.
Y se dirigió casi corriendo hacia el castillo.
Fabrice no tardó en seguirla; una vez en sus habitaciones paseóse largo tiempo de arriba abajo, torturado por supremas incertidumbres; después se sentó delante de una mesa, tomó una pluma y escribió la siguiente carta:
«Señorita: