»Me permito decir a usted por escrito lo que me ha faltado valor para expresarle de palabra. Mi carta será corta. Respeto a usted demasiado para dirigirme a usted con frases de una admiración y de una galantería triviales. El único homenaje que me atrevo a rendirle, es poner mi destino en sus manos. No puede en adelante ser dichoso o desgraciado mi porvenir sino en virtud de lo que usted se digne resolver. ¿Bastará con que le diga que no hay uno solo de sus méritos, uno solo de sus atractivos, uno solo de sus sufrimientos de que no me sienta profundamente, perdidamente penetrado?
»Estimo a usted tanto, señorita, que me parece cometer una profanación al osar amarla. Pero, en fin, humildemente le ofrezco lo poco que yo soy. ¿Quiere usted ser la madre de mi hija?... ¿Nos rechaza a ella y a mí?
»De usted respetuosísimo servidor siempre y en todo caso,—Jacques Fabrice.»
Como el artista, después de haber cerrado la carta reflexionase acerca del medio más pronto y seguro para hacerla llegar a su destino, vio desde la ventana de su salón, que precisamente atravesaba Beatriz en aquellos momentos el patio de honor del castillo. Este patio, muy grande, se hallaba plantado en parte de césped y de árboles. Hermosos castaños formaban en un ángulo una especie de bosquecillo provisto de rústicas sillas. A ese bosquecillo solía venir Beatriz algunos mediodías a leer a sus anchas, cuando la baronesa la dejaba respirar. El pintor llamó a su hija que ocupaba una habitación contigua a la suya.
—¡Ven acá, alma mía!—le dijo—. Mira, la señorita Beatriz está allí sentada debajo de aquel árbol, junto a la capilla... Anda y entrégale esta carta de mi parte... ¡Anda, hija mía!
Un momento más tarde Fabrice seguía angustiosamente con la vista la marcha de la niña a través del patio. Al fin desapareció bajo la sombra espesa de los castaños. Interminables minutos transcurrieron; después Marcela salió del círculo de sombra y volvió hacia el castillo a cortos pasos. Fabrice creyó ver que la criatura tornaba con la carta en la mano; pasóse la suya sobre la frente helada, diciendo:
—¡Dios mío!
Y esperó inmóvil. Marcela entró.
—¡Toma, papá!—le dijo.
Y le devolvió el pliego que tenía en la mano.